Los niños que viven en la fábrica realizaban labores a través de todo el magno edificio. Vertían metales derretidos en moldes inmensos, soldaban los ángulos y las coyunturas necesarias de la edificación. Eran diestros y siniestros en la elaboración de circuitos integrados y la minuciosa instalación y regulación de redes. Cámaras vigilaban cada movimiento, cada respiro, cada función neuronal. A los chiquitines que no siguieran las instrucciones ilustradas claramente por colores en el manual del buen vivir, se los llevaban en la noche de los aposentos. El protocolo de extracción era bien conocido por todos en la comunidad de metal. Unas entidades robóticas de cuatro patas se materializaban en nuestro nivel y emprendían a tragarse el cuerpo del blanco, de un bocado si era posible y luego desaparecían, según se rumora, a los niveles superiores, que estaban fuera de alcance por razones de autorización y de distancia. En el recreo todos suspendían sus labores y corrían gritando y riendo al patio interno del complejo. Era un gran cuadrado repleto de arena, las paredes que enmarcaban el arenal eran al menos de una milla de altura y no poseía techo, así que se podía divisar una luminiscencia en la lejanía.
“Por qué un cordero que había sido salvado de la muerte acabó muriendo oveja, cuestión tan estúpida como cualquiera puede ver, pero que se comprende mejor si la traducimos así, ninguna salvación es suficiente, cualquier condena es definitiva”.

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